La desunión en la novela: Michel Houellebecq y El mapa y el territorio

"Acababa de revivir por última vez la esperanza y el fracaso que constituían la historia de su vida"
—Michel Houellebecq, El mapa y el territorio

La novela clásica y su unidad temática

Hay algo que casi todos los grandes libros —pensemos en la literatura decimonónica— tienen en común: un tema que se asienta en algún momento de la novela y que debe ser desarrollado hasta llegar a alguna parte.

En una composición clásica, se presentan temas y conflictos que inexorablemente desembocan en una resolución: una muerte, un desamor, una respuesta a una pregunta planteada en el libro. En el medio, conocemos personajes que avanzan hacia una u otra dirección. Eso era lo clásico, lo que se llamaba una buena y sólida composición.

La ruptura del siglo XX

Con la llegada de la vanguardia del siglo XX —consideremos a Joyce, Proust o, por qué no, a Kafka con El proceso, libro en el que nunca queda claro cuál es el tema, puesto que no sabemos con exactitud qué implica el “proceso”— se rompen varios esquemas y barreras estilísticas en relación con las novelas del siglo anterior.

No obstante, incluso allí la continuidad temática se mantiene: al final, todos los hilos parecen atarse, cerrar.

Houellebecq y la disonancia narrativa

Hace poco me crucé con otro tipo de novela, una en la que el final está desencajado del resto: El mapa y el territorio, de Michel Houellebecq.

El libro comienza narrando la vida del artista Jed Martin, fotógrafo del catálogo de mapas de carreteras Michelin. A este personaje le sucede muy poco: comparte algunas comidas con su padre, tiene ciertos encuentros con el propio Houellebecq y un romance con sabor a poco con Olga, una rusa que conoce en una exhibición fotográfica. En principio, la novela se presenta como un conjunto de narraciones personales que parecen agotarse rápidamente.

Sin embargo, al llegar al último tercio del libro me invadió una sensación de desconcierto; no pude evitar sentirme contrariada. Houellebecq da un volantazo y quiebra completamente la unidad con un final disonante. Es más, pareciera que empieza una novela nueva.

Uno no puede evitar preguntarse: ¿con qué razón? ¿Dónde quedaron Jed, su padre y la rusa? ¿Es esto un simple despropósito literario o una decisión deliberada?

Una nueva forma de escribir (y leer) novelas

Mi invitación a este libro radica justamente en esto. Los escritores a menudo se han preguntado: ¿cuánta libertad tengo a la hora de escribir una novela? ¿Hasta qué punto puedo desafiar las estructuras y aun así componer un buen libro?

 

Houellebecq nos da su propia respuesta: abre, para quien quiera explorar, una nueva forma de escribir novelas y, por qué no, de leerlas.