Poesía nocturna: la voz íntima de Alejandra Pizarnik

Hay escritores que son de la noche. Aquellos que cargan en sus ojos y en su pluma el enigma oscuro y misterioso de la madrugada. Cualquiera que haya leído un verso de Alejandra Pizarnik podría asociarla con esta idea.

Pizarnik, íntima

25 de septiembre de 1972, a la madrugada, en un departamento en Buenos Aires. Una chica de 36 años, recién salida del psiquiátrico, sola con su pizarrón y un par de tizas, escribió:

"No quiero ir / nada más / que hasta el fondo."

Al terminar, entró en su habitación, tragó cincuenta pastillas de Seconal y murió.

La infancia marcada por la diferencia

Alejandra conoció el fondo de la vida desde su niñez. Siendo tan solo una niña sufría por las comparaciones con su hermana mayor, Myriam, quien —rubia y muy hermosa— encarnaba el ideal perfecto de su madre. Alejandra, en cambio, era más bien sensible y rebelde, atravesada por crisis asmáticas, tartamudez y una autoestima frágil.

No tardó en reconocer que era un ser “distinto”, alguien que no encajaba en ningún molde.

La formación de una voz poética

Ya en la adolescencia, desarrolló un carácter caótico y subversivo. Se sumergió en la literatura de Baudelaire, Proust, Rimbaud y de los grandes poetas surrealistas. Su pasión por la literatura creció tanto que abandonó sus estudios en Filosofía en la Universidad de Buenos Aires y en la Escuela de Periodismo para entregarse por completo a la escritura.

Pizarnik construyó una voz poética en permanente búsqueda de identidad. Sus versos exploran los sueños, la nostalgia por la infancia perdida, la noche, la muerte y la oscuridad del ser. Todo ello con un estilo íntimo, delicado y a la vez desgarrador.

La noche como refugio y desvelo

En esta oportunidad comparto un poema de Las aventuras perdidas (1958), también incluido en su Poesía completa. En él, el yo lírico se enfrenta a la oscuridad y al vacío, reflexiona en soledad y convierte la noche en un espejo de su propio desgarro.

"La noche"

Poco sé de la noche
pero la noche parece saber de mí,
y más aún, me asiste como si me quisiera,
me cubre la conciencia con sus estrellas.
Tal vez la noche sea la vida y el sol la muerte.
Tal vez la noche es nada
y las conjeturas sobre ella nada
y los seres que la viven nada.
Tal vez las palabras sean lo único que existe
en el enorme vacío de los siglos
que nos arañan el alma con sus recuerdos.
Pero la noche ha de conocer la miseria
que bebe de nuestra sangre y de nuestras ideas.
Ella ha de arrojar odio a nuestras miradas
sabiéndolas llenas de intereses, de desencuentros.
Pero sucede que oigo a la noche llorar en mis huesos.
Su lágrima inmensa delira
y grita que algo se fue para siempre.
Alguna vez volveremos a ser.